LDI 13# Arañas del Báltico

Deja a la vieja araña tejer sus hilos niña, no seas entrometida. En la calle hace frío y aquí no molesta. ¡Déjala! Puede parecerte gorda y desgarbada pero en su reino de seda ella sigue siendo la más absoluta de las monarcas. No rompas su camino, pues no sólo lo teje para sí. Ese invisible rastro que atraviesa nuestra patria nos recuerda aquello que no podemos olvidar.

¿No sabes qué matar arañas trae mala suerte? ¡Ah, ilusa! Cuánto han cambiado los tiempos desde el Verano Negro… demasiado, veo. Recuerdo bien aquellas jornadas de duda e incertidumbre. Todos esperábamos que llegase el fatídico momento y al final la amenaza llegó, nuestra vieja pesadilla tomó forma: los hijos del Gran Oso. Rojos y chorreando sangre por sus colmillos, armados, con estrellas doradas y haciendo una exhibición de miradas afiliadas, frías y oscuras. Pero el Gran Oso fue derrotado por las Águilas, y después, el caos se cernió sobre nuestras tierras y sólo hubo un sitio dónde esconderse: el bosque.

Fue allí donde nació esta historia, dónde surgió la Hermandad del Bosque, todos éramos Baltvas, hijos del mismo mar. Sin embargo, pocos fueron los que pudieron huir a través de él, ríos de angustia que desembocaban en Klaipėda, Riga o Tallin. Los osos, las águilas… aquello fue terrible y al final, después de cuatro interminables años todo volvió a empezar. El Gran Oso nos volvió a atrapar en su gran abrazo. Pero no todos lo aceptaron y huyeron. Volvimos a huir a la protectora frondosidad, a los peligrosos pantanos. Un lugar que jamás quisimos para nosotros y siempre despreciamos. Y en ese momento, aquel refugio que considerábamos pasajero se convirtió en nuestro hogar.

Muchos, muchos se adentraron en él y allí, las arañas nos enseñaron cómo tejer nuevos caminos para lograr regresar a casa. Primero con la ciega fuerza de las armas, como tantas otras veces habíamos hecho los hombres, sin prestar atención a la paciente sabiduría de la tierra que nos acogía. La irracionalidad del acero pronto se vio superada por nuestros perseguidores, nos capturaban y nos llevaban lejos, lejos de nuestra tierra. Recuerdo aún aquellos silenciosos andenes donde sólo se oían los llantos de las familias camino de un lugar al que nadie quería ir. Otros, tal vez los más afortunados en ese trance, perdían sus vidas. Y mientras tanto, el resto seguíamos en los bosques, aguardando nuestro momento. Esperando a recuperar nuestras vidas.

Tiempo después llegó la paz, una paz traída por los osos. Mudó el color de nuestros ropajes, pero no el de nuestros corazones. Y así, permanecimos durante mucho, mucho tiempo, en silencio mientras escuchábamos mentiras sobre nuestros hermanos y soportábamos la congoja de no saber de nuestros allegados. Tal vez en ese dolor aprendimos a ser pacientes y discretos, como las viejas arañas. La fuerza bruta no había servido y nuestros enérgicos esfuerzos se habían transformado en nuestra debilidad. Aprendimos de nuestras amigas y continuamos con nuestra existencia. Por muy triste que ésta fuera. Todavía existía tiempo para la esperanza.

Y llegó otro verano niña, pero este fue diferente ya que la gente comenzó a cantar, como si fuese Navidad. ¡Cantar! ¡Cantar! ¡Cantar! Miles de personas se reunían en las plazas y abandonando sus madrigueras de hormigón y ladrillo llenaron las calles. Todos cantábamos viejas canciones muertas, letras que pensábamos desaparecidas en la espesura de los fríos bosques, pero no, resurgieron. Se abrieron camino entre las grises nieblas del recuerdo alumbrándonos otra vez.

Los osos no entendían nada, eran demasiado tontos para comprender nuestros susurros de insectos, y nos dejaron hacerlo y lo hicimos. Como esfinges, jugamos a los acertijos con esos bobos y fuimos más allá. ¡Hicimos una cadena! Un gran hilo transparente de esperanza y humanidad que atravesó nuestros países y corazones. Nos dimos las manos como hermanos y nuestra fraternidad no sólo recorrió nuestros pueblos y ciudades, fue visto por todo el mundo con asombro y emoción. Eso ocurrió un mes de agosto, meses después, nuestra paciencia arácnida dio sus frutos.

Y ese invierno, así sin querer, empezamos a recuperar todo, recuperamos nuestros colores y recuperamos los raíles que devolvieron a nuestro pueblo a su destino. No fue cosa de magia, costó meses hacerlo. Las arañas no se distinguen por ser locas en sus actos, dejan que sus presas se cansen antes de envolverlas con su capa mortuoria. Nosotros hicimos lo mismo, sin tocarlos, abrazamos a los osos y les dijimos: “No, no queremos seguir viviendo escondidos y con miedo, somos los hijos de los Hermanos del Bosque y no nos hemos rendido”.

Y así, y a pesar de la terquedad de los osos, recuperamos nuestra independencia, nuestra historia. Recuperamos nuestra vida.

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LDI 12# La esquina de la locura

No deja de ser curioso, pero cuando se agrupan varios edificios con un mismo fin solemos llamarlo “complejo” y realmente, aquel grupo de edificaciones reunían a la perfección las diferentes aceptaciones que tiene la RAE sobre esta palabra. Y  cada martes a las 15.45 horas, uno no puede dejar de pensar en que la vida, en sus interminables variantes y radiales, no nos hace sencilla la conducción.

-¿Es usted familiar de la paciente?-

La pregunta era de rigor pero aquella auxiliar me tenía fichado desde hacía tiempo. Todos los martes, desde hacía un par de semanas me observaba de arriba abajo con desdeñosa profesionalidad. Si tan mal estaba la paciente, ¿Por qué me dejaban verla? A veces, entre ataques de furia y golpes de Verónica podía sentir sus ojos vigilantes a través de los ojos de buey de las puertas del área de visitas.

-Ya sabe que no soy familiar de Verónica, sólo soy un amigo-

-¿Un amigo?- el retintín de su pregunta variaba según humor –Un amigo no se tomaría tantas molestias por una loca-  Punto final, mirada altiva y sonrisa edulcorada. “Realmente tú eres la puta desequilibrada”. –Está ahí, dónde siempre, en su función permanente-

Era cierto, Verónica dominaba la escena, se movía con perfecta sincronía con el ruido de la calle y bailaba, en el silencio de su mente, como siempre. A pesar de estar enclavado dentro de un parque y contar con profusa vegetación el psiquiátrico no podía huir de los tentáculos de asfalto que le rodeaba en dos de sus muros, en una de sus esquinas. No deja de ser cómico, todo el mundo llama a esta parte de la ciudad “las esquinas del psiquiátrico”, aunque sólo hay un vértice que merezca ese nombre.

-Verónica-, me acerco  a ella, lentamente, me siento y la observo, como haría cualquier espectador que llega tarde a la función abriendo bien los ojos para capturar al ralentí la magnificencia de su última pose. Realmente es preciosa, en su fragilidad, en su perdido sentido, destila dulzura y, sobre todo, arte, perfección.

-¡¡Shhhhhh, Silencio, se baila!!- Don Manuel, me reprende, como siempre, Don Manuel tiene otros intereses en Verónica sólo hay que ver las manchas de saliva que salpican su batín. Saliva, eso es, saliva. No quiero pensar en otra cosa. No, su locura la hace inocente de cualquier perversión de la mente.  No es nada mía, es cierto, pero me une a ella un eslabón del pasado y romperlo sería renunciar a una parte de mí mismo.

Verónica finaliza su danza y ejecuta una serie de movimientos que le hacen recogerse como una planta carnívora sobre sí misma. Como una flor que espera al rocío para volver a abrir sus pétalos. Don Manuel se mueve intranquilo, como siempre en esta parte de show, la quietud de ella le excita. La auxiliar de psiquiatría observa desde un rincón con ojos traviesos. Al cabo de unos minutos vuelve a ser la paciente zombificada por los medicamentos que se mueve con miradas perdidas que buscan regresar a buen puerto. Se sienta a mi lado, apoya su cabeza en mi hombro y me golpea rítmicamente el pecho con sus frágiles dedos, es ahí cuando comienza a hablarme, o simplemente a cantar. Nunca tiene sentido, pero está tranquila. Vuelve de su catatonia inducida y me sonríe, con la sonrisa que toda madre desea recibir de una hija con su primer vestido largo. Me besa la mejilla y se marcha corriendo. A veces pienso que está enamorada de mí, a veces pienso que es al revés.

-Creo que será mejor que la deje descansar- la auxiliar se acerca a mí, es más atractiva de lo que intenta esconder bajo la ropa de trabajo. Sin embargo, su cara agriada destroza cualquier atisbo de humanidad. Simplemente no la comprendo, al principio se mostró cortés, educada, casi diría simpática. La he visto tratar con más deferencia a otros pacientes y sus acompañantes. Pero con ella es diferente. Parece que la odia.

-Sí, gracias, por favor, cuídenla bien-

-Lo haremos-

Y una vez más, doy por finalizado mi ritual de los martes. Apenas paso con Verónica unos minutos. Simplemente para asegurarme que hace siempre lo mismo, el baile, los ojos ausentes, auscultarme con sus dedos el pecho, dedicarme su franca sonrisa y darme un beso en la mejilla.

El calendario de actuaciones se va repitiendo, los espectadores y los invitados especiales se mantienen en la parrilla. A Don Manuel le han subido el número de pastillas y al menos deja de esconder las manos sospechosamente. La auxiliar me sigue fulminando con la mirada al salir y al entrar. No lo negaré, la conozco lo suficiente para que me mire con disgusto, pero lo que ella o yo pensemos o sintamos es una ridiculez, tras esos muros todo se detiene y todo queda ensombrecido por el distorsionado reinado de don Prozac y míster Diazepan.

No me cruzo con la auxiliar en el control de enfermeras, aunque éstas me miran de arriba abajo con saña, parece que se hayan puesto de acuerdo para colgarme el cartel de apestado. La sorpresa viene cuando entro en la sala y me encuentro a Verónica hablando con la auxiliar. Todo queda paralizado, ahora el catatónico soy yo. La sanitaria me mira, detiene la conversación y se acerca a mí. Antes de dejar a Verónica ensimismada en sus pensamientos le dedica una caricia.

Estoy tenso, no lo negaré, llevo meses viniendo y nunca las había visto hablar, tal vez me he perdido algo, a fin de cuentas sólo puedo escaparme para verla unos minutos una vez a la semana. Oficialmente no debería estar ni ahí. A fin de cuentas no soy médico ni nada por el estilo. Pero esta vez algo me desconcierta sobremanera, la auxiliar me sonríe.

-¿Ocurre algo?- pregunto, más tenso que las cuerdas de un violín.

-Nada, no ocurre nada-, se muestra muy amistosa -sólo un malentendido entre chicas-

Casi quiero suspirar de alivio pero de repente noto que la auxiliar me introduce algo en el bolsillo de mi mono de trabajo. Vuelvo a ponerme en guardia, pero ella no deja de mirarme fijamente, con un inusitado interés. Doy un paso atrás, mi maniobra de evasión  le abre el camino para coger rumbo hacia la salida. Examino el papel con dedos temblorosos. Lo abro y aguanto la respiración.

-Me llamo Marta-, se oye al fondo de la sala. La reverberación de su voz hace que Verónica despierte de su letargo y comienza a ejecutar sus primeros movimientos. Don Manuel abre los ojos con interés aunque sus terminaciones nerviosas ya no sintetizan la lujuria a su ser.

Un teléfono  y un mensaje: “Si me dejas, yo también bailaré para ti”.

CDS 12# (III) Errores cotidianos

-Deberíamos irnos ¿no?-

-Sí, es una buena idea, vámonos a casa

-Está bien, pongámonos en camino-

-Sí, de acuerdo-

-¿A qué esperas?-

-¿Y tú?-

-Esperaba que tú indicases la dirección-

-¿Qué dirección?-

-No sé, la de tu casa-

-¿Y por qué no la tuya?-

-¿Mi casa? Imposible, ¿y la tuya?-

-Menos todavía, es una mala idea-

-¿Entonces qué hacemos?-

-¿Podemos tomarnos otra copa y después decidir?-

-Son casi las 6.00 de la mañana, ya no es hora de beber-

-Podemos charlar-

-No hemos llegado hasta aquí para seguir la cháchara ¿verdad?-

-No…-

-Será mejor que me vaya a mi casa-

-Sí, y yo a la mía-

CDS 12# (II) El almendro

Estoy arrodillado frente a ese extraño árbol, del lugar de dónde provengo no hay nada parecido a eso.  Es raquítico y casi negro, con las manchas amarillentas de los líquenes que sobreviven a costa de él. Cuando llegué hasta sus vegas sólo éramos ignorantes y resplandecientes colores, como sus flores blancas y rosáceas. Ahora las nieblas de la muerte han cubierto el paisaje y han mudado su piel y nuestra suerte. Y es ahí dónde has querido quedarte, a los pies de un desconocido. Por este pedazo de tierra decidiste matarte.

Vámonos a casa Phil, la guerra de España ha terminado para nosotros-

CDS 12# (I) Carne cruda

Vámonos  a casa, conozcamos lo que se esconde más allá de los silbidos. ¿A qué tienes miedo? Tal vez te asuste la experiencia que se cierne sobre ti o simplemente no pensabas que terminarías así. No importa, no pienses, acéptalo y déjate llevar, quién sabe, tal vez no quieras salir de ahí una vez dentro. Venga, no niegues con tus labios lo que ya están aceptando los míos. Vamos, dilo: “vamos” y así podremos saborearnos, como si fuésemos dos caníbales preparados para afrontar el enorme chuletón de la casa.

LDI 11# La llamada del faro

Se oye el tintineo de sus llaves, momentos antes le he oído andar por el piso y el ruido que hace el textil sintético al rozar y embutirse en el cuerpo humano. Chirrido de cremallera, nuevo ruido de llaves, esta vez al introducirse en los cerrojos de la puerta y el quejido de los goznes. Un momento de silencio.

-Me voy-, la voz suena, el tono es difícil de averiguar. Ya no sé si hay reproche, rencor o cansancio. El cariño se muere a cada sílaba, ahora a la oscuridad madrugadora del invierno.

-Bien- “¿qué más puedo contestar?”

Se cierra la entrada de la casa y se abren las compuertas de la melancolía. Los 93 metros cuadrados con terraza incluida se giran sobre sus baldosas y me arrinconan en mi cuarto. Una música ligera resuena, rompe de manera grotesca con el tinte sombrío del apartamento. Casi es siniestro. El tiempo pasa demasiado rápido respecto a su vuelta, mientras que el minutero que me lleve hasta la hora feliz parece estancado en el mismo instante, atrapado en la esfera del reloj. La meteorología sirve de avanzadilla para retomar nuestra intranscendente conversación. Me arrojaría al vacío, pero estoy tan cansada. He perdido hasta las ganas de resignarme.

-Me voy a otra vez-, resuena la voz en el pasillo. Nuevo portazo. De nuevo los ecos que conviven entre las paredes de estos bloques de pisos se convierten en banda sonora antes de que llegue el da capo a mis turbios pensamientos.

Observo mis manos, ajadas y huesudas, esquilmadas por el trabajo y carentes de suavidad por el tacto del cariño. Recuerdos difusos pueblan mi mente, recuerdo otras manos, ya lejanas, que me sujetaban en el aire con dulzura. Ahora retroceder hasta ese momento es imposible. Doblemente varada entre esas paredes, al miedo y la complacencia. Sólo una pieza más, otra carga de desdichas y esperanzas rotas. Las mujeres atrapadas en la sociedad del consumo forzoso sólo pueden forzarse a consumirse en la sociedad, con su beneplácito u omisión. Suena el teléfono.

-Hola Clara, ¿Qué tal estás?-, la voz es amigable, con un toque de inocente respeto. No me habla, me acaricia con sus palabras.

-Bien Andrés, bien-, “qué quieres que te responda ahora”.

-Sólo te llamaba para saber de ti, hace mucho que no nos vemos-, habla con voz neutra, peinando las entonaciones para no hacer de su tono un merengue pasteloso.

-Sí, es cierto, aunque Sara te vio el otro día por la calle. Ibas con dos chicas- “¿Celos? ¿Sorpresa? ¿O simplemente zarandear un poco la copa del árbol a ver si cae algo?

-Es posible, sí,- escueto y discreto en sus conquistas, “como siempre has sido Andrés” -¿Todo bien?-

-Todo lo bien que se puede esperar- “no me apetece dar explicaciones”.

-Me alegro, entonces no te molesto más, me alegra haber hablado contigo- algo se contiene a través del auricular, pero ninguno de los dos parece saberlo.

-Igualmente Andrés, un abrazo-

-Otro para ti, nos vemos-

Cuelgo y dejo el móvil junto a mí, apoyado sobre mi pecho. Fijo la mirada en la oscura pantalla del televisor. No comprendo, el enorme vacío arrastrado hasta el salón trepa como un escalofrío por mis pies. De nuevo la sintonía de la radio ocupa el espacio y devuelve el tono patibulario y negro a la escena. No comprendo. Simplemente no comprendo.

Hace mucho que no veo Andrés, tampoco hablamos mucho por teléfono. Y cuando lo hacemos sucede como ahora, algo cubre nuestras palabras como brea, haciendo que todo se deslice lento, viscoso, casi sucio. Es extraño, pero cada vez que hablo con él lo siento más lejano. Y sin embargo, sigue siendo, en sus silencios, miradas perdidas y su extraña luminosidad, más que una persona. A veces pienso que es como un faro.

Vuelve él, las llaves anuncian su llegada. Él también es escueto, pero sus palabras están vacías, como sus ojos. Me recuerdan a los de un cabestro disecado, o uno de esos feos peces de miradas acuosas y grandes pero que no transmiten nada. Antes no fue así.

-¿Todo bien?- “a veces no sé si carga sus preguntas con cariño confeso o apatía de diario”.

-Sí, ha llamado Andrés-

No hace gesto alguno, no transmiten nada sus músculos o sus rasgos. Sabe quién es, lo sabe de sobra. Pero nunca le ha dado miedo o celos. Eso es verdad. Él se siente muy seguro, pero a veces destrozaría esa confianza suya en mil pedazos. No sé explicarlo, no puedo seguir observándole y creyendo lo que mis sentidos me indican, pero mis sentimientos siguen aferrados a él. Es trágico, es curioso. Es amor.

-Andrés tiene novia- El anuncio trasluce la solemnidad con la que un hombre anunciaría que se ha cortado las uñas de los pies.

-¿Y tú cómo lo sabes?- Por una vez en mucho tiempo tengo interés en algo que sale de su boca.

-Lo sé, incluso sé cómo se llama ella- sonríe ufano, con esa complacencia de tener la situación dominada, por muy aburrida que sea. Es como un burócrata que bucea feliz en su marasmo de números y letras muertas.

Le miro, no puedo articular palabras, los nervios se descarrilan en mi interior y los sentimientos chocan como convoyes ferroviarios provocando un enorme atasco en mi capacidad de razonamiento. Parpadeo, en la radio “I still love you” de Scorpions, me estremezco, es uno de esos momentos que todo sucede tan despacio que puedes ver las motas de polvo bailar. Lo vuelvo a intentar, pero mis cuerdas vocales están flácidas de pánico, no se atreven a emitir el mensaje que envía mi cabeza.

-¿Impresionada?- “te odio, pero a la vez te amo, maldita sea, ¿cómo lo haces para hacerme sentir tan miserable y deseada a la vez?”

-No sé qué decir, me alegro, me alegro por él- “espero que haya sonado convincente, porque realmente es lo que quiero hacer creer”.

No contesta, no se quita ni el abrigo, hace un gesto de incomodidad, como un desaire contra la lámpara del techo y se vuelve sobre sus pasos. “Me voy” vuelve a decir. Y me deja otra vez ahí, con unas dudas que hasta ahora no me pertenecían y con el ánimo a merced de un lobo interior dispuesto a devorar mi corazón. El escalofrío vuelve a recorrerme, es como si mi cuerpo quisiese mandar electricidad a mi sistema nervioso, el cual, sigue descarrilado por la noticia. Tal vez podría…, no sé, bueno, ¿por qué no? A veces es mejor tirar la piedra y luego decir “perdón”. Recojo el teléfono, que sigue sobre mi pecho.

Un pitido,

Dos pitidos,

Tres pitidos,

“¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo?”

Cuatro pitidos

Cinco pitidos

Seis pitidos

-¿Sí?- la voz no ha perdido su dulce toque de inocente respeto.

-Andrés, soy yo, Clara-

-Sí, sabía que llamarías…-

CDS 11# (III) La Ley de la horca

No te puedo seguir escuchando, no es porque no quiera. Simplemente no debo. Ya estoy suficientemente atrapado en tus redes como para terminar ahogado en tus palabras. Necesito asfixiarme con otra soga, una que haya elegido yo, muy a mi pesar. No quiero que seas el verdugo de mis sueños, prefiero ahogarlos de madrugada, sin más compañía que la penumbra que oculte el momento y el alcohol que anestesie el dolor. No te preocupes, no moriré, los fulleros del alma como yo nos ocultamos en los bajíos, esperando siempre otro golpe de suerte.