Un adiós sin decir

¿Cómo decir adiós, cuando sueñas con sus holas a diario? Noches de insomnio contando sus pestañas, esperando el momento en que sus párpados se despierten, perezosos, y en sus pupilas brille la luz de todo el mundo, y un hola sonriente y silencioso te diga que sí, que estás donde debes estar y de donde nunca te quieres ir. Pero te vas, un día te vas, porque el brillo se ha apagado y el silencio ya no dice nada. Y el adiós se queda ahí, sin decir, flotando en la distancia expansiva, hasta evaporarse.

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Hagámoslo (Corazón de Sapo #7)

No tenemos prisa, tu y yo, por llegar hasta el final. Sabemos que lo que hacemos es importante, al menos lo es para nosotros. A escala universal, puede que no lo sea tanto, y que no le importe a nadie más, pero a ti y a mí nos da la vida. Y entendemos que lo importante no es el fin, no es el resultado. Lo que realmente importa es el hacer, el seguir haciendo. De ahí mi beso en tu cuello, por eso tu mano rozando mi nuca. Por eso somos dos, y no podemos dejar de serlo.

Inmersiones (Corazón de Sapo #5)

Los pulmones llenos, los oídos asordinados. Adoro bucear y quedarme quieto, bien profundo, debajo de decenas de pies que parecen pedalear en bicicletas imaginadas. El ruido de la superficie llega como un murmullo extraño, como algo ajeno. Inevitablemente, el cuerpo me vuelve a pedir aire, y un instinto de supervivencia adormilado me lleva hasta la superficie. El jolgorio me estalla entonces en la cabeza. Estoy rodeado de semejantes, aunque me parezcan criaturas de otra especie, muy distinta a la mía. Inhalo una bocanada angustiosa y vuelvo abajo, al fondo, con la esperanza perenne de encontrar a alguien de mi especie.

La playa (No estamos para bromas) LDI #3

El hombre llega a la playa por la tarde. Su chaqueta recogida en el antebrazo izquierdo, en la mano derecha los zapatos, con los calcetines dentro. Sus pies desnudos pisan la arena que entibia el sol otoñal.

La playa está casi vacía. El hombre camina hasta un punto cercano al mar y a la escollera de rocas que apunta a poniente. Entonces extiende la chaqueta en la arena, se sienta sobre ella, deja los zapatos a un lado. Se quita la corbata que llevaba floja, se desabrocha tres botones de la camisa y se tumba cara al cielo. Entrecruza los dedos detrás de la nuca. Las olas rompen con fuerza rítmica sobre las rocas de la escollera, pero se desvanecen en espuma mucho antes de tocar sus pies. Unas pocas nubes manchan el azul aquí y allá. El hombre sabe que es sólo una sensación, pero no aparentan moverse. Cierra los ojos, deja que la tibieza del sol le amodorre.

Así transcurre un tiempo impreciso, indefinido. Como las nubes, que no se mueven.

El hombre piensa que así está bien. Que eso es vida, y que él merece ese descanso. Que ha tenido que trabajar mucho para llegar hasta allí, y que si tantos otros están trabajando para él ahora mismo, para que él pueda descansar y relajarse en esa playa, en ese atardecer, es porque no han sabido labrarse el camino como él.

Eso está pensando el hombre cuando un cambio de luz en sus párpados le hace reabrir sus ojos. Una persona, otro hombre, se interpone entre él y el mar, entre él y el sol, proyectando una sombra alargada sobre su cuerpo. Impone.

El hombre hace visera con su mano derecha para intentar ver mejor a quien perturba su momento de descanso. No consigue ver más que una silueta desdibujada, recortada por el sol naranja del atardecer. Pero no se amedrenta. Vuelve a cerrar los ojos y regresa a su posición inicial.

–         Me estás tapando el sol.

–         ¡Vas a pagar lo que has hecho!

–         ¿A quién?

–         A mi hermano. Vas a pagar-

–         No. Que a quién le tengo que pagar. Y cuánto.

El hombre que está de pie y que extiende un brazo frente a sí, hacia el hombre tumbado en la arena, no esperaba esta reacción. Su amenaza no es tenida en cuenta. El hombre que descansa sonríe.

–         Anda, quítate y déjame en paz. No estoy para bromas.

Entonces el hombre de pie recuerda a qué vino, por qué siguió al otro hombre hasta esa playa.

Es un segundo. Menos. Todo el odio se agolpa allí, apretado en la segunda falange del dedo índice. Un sonido hueco. Una ola que golpea con furia la escollera. Una bandada de cigüeñas que rompe a volar. El sol que cae cada vez más bajo, cada vez más rojo. Y una nube de polillas, grises, desgreñadas, que sale de la boca del hombre en un estertor, emprende un vuelo errático, y envuelve por un segundo la cabeza del otro hombre, del que sigue vivo, como un sudario animal que se desvanece en un soplo.

El hombre vivo destensa el brazo, lo baja a un costado de su cuerpo, en una caída que no es del todo natural por la tirantez de sus músculos. Emprende el camino de vuelta, los zapatos se le llenan de arena y hacen torpe su andar. Cabizbajo, con la mano rígida alrededor de la culata. Después de avanzar un trecho, afloja los dedos y guarda el arma en el bolsillo de la chaqueta. Solo entonces percibe todo su peso.

Sigo sin verlo… (Letra de Imprenta #2)

–          ¿Hasselhoff?

–          Si, Hasselhoff.

–          ¿El de Vigilantes de la playa?

–          Si, ese. Y El coche fantástico.

–          ¿El coche fantástico? Esa no sé cuál es.

–          Es que es de los ochenta, tú eras muy pequeño.

–          ¿Y era buena?

–          ¡Buenísima! Iba de un coche que se conducía solo.

–          ¿Y Hasselhoff salía en esa?

–          Sí, era el que conducía el coche.

–          Pero ¿no se conducía solo?

–          Sí. No, bueno, a veces. Hasselhoff lo llamaba con su reloj.

–          ¿Lo llamaba con su reloj?

–          Sí, y el coche venía. Y hablaban, porque el coche hablaba.

–          ¡Dios mío, qué chorradas hacían en los ochenta!

–          Ah, porque Los vigilantes de la playa es cine de autor…

–          Bueno, no, pero salía Pamela Anderson.

–          Sí, eso sí.

–          Y las otras, y corrían en cámara lenta por la playa.

–          Si… Qué buena era esa serie… Pero bueno, tiene que haber de todo. A veces te apetece ver tías corriendo en cámara lenta por la playa, y otras veces coches que hablan.

–          Pff, que chorradas… Pero bueno, ¿y todo esto de Hasselhoff a qué venía?

–          Ah, sí. Pues que tenemos que pillarnos un cartel del Hasselhoff vendiendo café en la gasolinera.

–          ¿Hasselhoff vende café en la gasolinera?

–          No, no… Es una publicidad de café con el Hasselhoff, que los tienen en las gasolineras.

–          ¿Y para qué nos vamos a comprar un cartel de publicidad?

–          Que no, tío, que no los venden. Están de publicidad en las gasolineras. Vamos a una y nos lo cholamos.

–          ¿Y para qué nos vamos a cholar un cartel de publicidad?

–          Que sí, tío, que es la moda. Están robándolos por todas las gasolineras. Seguro que en nada se venden como churros por eBay.

–          Pero si se venden como churros no van a pagar nada. ¿Para qué arriesgarse?

–          Si no es ningún riesgo, ¿te crees que van a hacer algo para que no roben una mierda cartel?

–          Pues si dices que van a valer tanto…

–          Ya, pero a ellos no les ha costado nada.

–          Sigo sin verlo…

–          Si además los tienen en la misma puerta. Vamos, echamos gasofa-

–          Diésel.

–          ¿Qué?

–          Diésel, que es el coche de mi madre. Que es diésel.

–          ¡Vale, coño, pues diésel! Vamos, echamos diésel-

–          ¿Y cuánto habría que echar? Porque creo que lo tengo casi lleno.

–          ¡Qué más da! Cinco pavos, lo que sea. Vamos, echamos diésel, yo hago como que voy a pagar, pillo el cartel y nos piramos. Tú tienes el coche en marcha-

–          Pero hay que apagarlo. Para echar diésel hay que apagarlo.

–          ¡Pero ya le hemos echado! Entonces tú pones el coche en marcha y te acercas un poco a la puerta, y yo hago como que voy a pagar y cojo el cartel y monto en el coche y nos piramos.

–          ¿Pero cómo que “haces que vas a pagar”? ¿No vamos a pagar? Entonces sí que nos la jugamos.

–          ¡Joder tío, de verdad! ¡Pues vale, voy, pago, cojo el cartel, monto en el coche y nos piramos! ¿Te parece bien así?

–          Bueno, no se… ¿De qué tamaño es el cartel? ¿Cabrá por la puerta? Mira si vienes corriendo con el de la gasolinera detrás y el cartel no cabe por la puerta.

–          ¡Lo doblo por la mitad y ya! Tío, ¿qué te pasa?

–          No sé, que sigo sin verlo…

–          Tú hazme caso y verás. Si hasta nos echaremos unas risas y todo.

–          Uy, sí, graciosísimo. Como lo del coche que habla…

–          Venga, va… ¿Qué dices?

–          Pásame la chusta.

–          Ten. ¿Pero qué dices?

–          Que sigo sin verlo.

Rey Puesto (Corazón de Sapo #2)

–          Ha muerto el rey.

–          ¿Elvis?

–          No, el rey. El rey ha muerto.

–          Ah. ¿De qué?

–          No sé. Lo ha dicho el príncipe.

–          ¿El príncipe?

–          Sí. Bueno, el rey.

–          ¿Cómo que el rey?

–          Sí, el rey.

–          ¿No había muerto?

–          Ya, pero ahora el príncipe es el rey.

–          Ah.

–          Sí.

–          ¿Y el príncipe?

–          ¿Qué?

–          ¿Quién es el príncipe ahora?

–          El príncipe ahora es el rey.

–          ¿Pero el rey no había muerto?

–          Pero ahora es el príncipe.

–          Ah, ya. Qué jaleo se traen…

“Ya no podemos decir que somos los favoritos” (Letra de Imprenta #1)

Hubo un tiempo, hace unos años, en los que el mundo estuvo hecho para nosotros. Hace ya unos años de esto. Caminábamos las calles y no había nadie que pudiera decir que no eran nuestras. Mentones orgullosos, el pecho abriendo camino.

Hace tiempo ya de eso…

La luna y el sol siguen siendo los mismos. Todo lo demás ha cambiado. Las calles ya no son iguales, ya no son de nosotros. No hay estirpe dominante, lo sé, como sé que no hay poder que dure para siempre. Va y viene. Y el nuestro hace mucho ya que se ha ido. Lo que ignoro es si alguna vez volverá. Debería volver. Porque veo a quienes torpemente intentan seguir nuestros pasos, caminar nuestra huella. Y me río con una risa sonora, que quiere aparentar insolencia, pero en realidad busca apaciguar la vergüenza ajena que siento al verlos. Patéticos remedos que imitan mal una grandeza que nunca estará a su alcance.

Caminan pavoneándose por las calles como si fueran de su posesión. Con sus mentones prominentes, inflando sus pechos con falso orgullo. Pensarán que el mundo está hecho para ellos.

Pobres imbéciles.