Perfidia

A las siete de la tarde su casa estaba tan vacía como cuando salió por la puerta doce horas antes. Con un café negro precipitándose en sus tripas como un río bravo, había bajado la escalera hasta la calle y se había metido en su furgoneta. De camino al mercado de abastos ensayó lo que iba a decirle cuando ella volviera. Ya sé que no tenemos pacto de fidelidad pero estaría más tranquilo si supiera dónde te metes, al menos llámame y dime que estás bien, que no te han secuestrado, que no te han matado y tirado al mar…

Pero no le podía decir eso. Sonaba a súplica y a ella no le pasaría por alto el reproche velado. Sería mejor no decirle nada. Hacer ver que no pasaba nada. Que se creía lo del curso de marketing para esa empresa que quizá había de contratarla para vender seguros.

Hacia el mediodía, con la frutería llena de clientas, alguien le había preguntado por ella. Estará en Barcelona toda esta semana haciendo un curso de marketing, había dicho él en voz alta para que todas lo oyeran, y sí, sus palabras corrieron por la calle como la pólvora y su tienda estuvo llena de clientas hasta que cerró. Siempre había tenido donde escoger y nada le impedía consolarse ahora de su soledad (si quisiera).

-No me quiero atar- había dicho ella cuando se enamoraron, (fue durante un baile en la plaza mayor del pueblo, ella que era de la capital había ido a pasar el verano allí con su familia, él nunca había salido de su pueblo).

-Ni yo –había dicho él, mientras una orquesta de fiesta mayor tocaba una canción antigua.

-¿Así que estamos de acuerdo en que aunque estemos juntos podemos acostarnos con quién queramos? –preguntó ella.

-Por mí sí –había dicho él mientras enredaba sus dedos en el cabello de ella.

-¿En serio? ¿Luego no me vendrás con escenas de celos?

-¿Yo, celos? No me conoces –había dicho él riendo.

-¿Me lo juras?

-Te lo juro.

¿Cómo iban a imaginar que lo que juraron aquella noche era un imposible? ¿Cómo saber a los veinte años que nunca tendrían la oportunidad de retirar aquellas palabras y que pasarían la vida fingiendo un desapego que ninguno de los dos sentía? Siguiendo esa misma falsa lógica ni siquiera habían tenido hijos. Y ahora, cuando ya no podría ni que quisiera, a ella le daba por quedarse embelesada contemplando a cualquier churumbel que entraba en la tienda y entonces él carraspeaba y ella volvía los ojos hacia él y sonreía y se apresuraba en hacer desaparecer de su expresión cualquier sombra de sospecha sobre una posible decisión equivocada que tomaron hacía treinta años y que ya no tenía remedio. Pero él era joven, cinco años más que ella y aún podría. Aún tenía los hombros anchos, los brazos fuertes, los instintos a flor de piel. ¿Qué le impedía irse con cualquiera de aquellas que llenaba su tienda? No estaban casados. No tenían hijos. Podría empezar de nuevo. Tener una vida normal. Sábados por la tarde, fútbol. Domingo, comida con los suegros. Navidades, discusiones con los cuñados. Llevar a los niños al colegio por las mañanas. Aún estaba a tiempo.

Echó la persiana a las siete de la tarde cuando el mar a lo lejos era una pátina violácea. En el salón, la luz del contestador automático parpadeaba. Mientras se abría una lata de cerveza, le dio al botón:

-Cariño, soy yo. Que el curso se ha acabado antes de lo previsto y mañana mismo vuelvo. Esta noche te llamo.

Se hizo una tortilla a la francesa y después de cenar se sentó en el sofá delante de la televisión y esperó a que sonara el teléfono. Hacia las diez, un timbrazo lo sacó de su estupor.

-¿No te habré despertado? –fue lo primero que ella dijo, sonaba muy despierta como si hubiera tomado diez cafés en lo que llevaba de día.

-No, no. Estaba viendo la tele.

-Oye, que mira, que el curso se ha acabado ya y vuelvo mañana. No hace falta que me recojas, iré en taxi desde la estación.

-Pero ¿el curso no era toda la semana?

-Ay, chico, parece que no tengas ganas de verme – decepción en su voz, y tras ella, el bullicio de cualquier calle de Barcelona, coches y taxis y autobuses pasando y llenando las calzadas a las diez de la noche. (Él detestaba Barcelona, por nada del mundo habría cambiado su pueblo por la ciudad).

-¿Te pasa algo? –siguió ella –estás raro. Ayer ya me lo pareció pero no te quise decir nada.

-Estoy bien –dijo él –así que vienes mañana, ¿a qué hora?

-Por la tarde, ya te lo he dicho, me cogeré un taxi desde la estación para que no tengas que dejar la tienda sola.

¿Por qué ese destello de felicidad en su voz? ¿Acaso no comprendía que lo estaba matando?

-Está bien –siguió él.

-Ay, amor, ¿qué te pasa?

-Nada, no me pasa nada –insistió él con impaciencia –que estoy cansado, eso pasa.

-Mira, iba a esperar a decírtelo mañana, pero como estás así, te lo diré a ver si te cambia el humor…

Ella hizo una pausa como para darle más efecto a lo que iba a decir a continuación, pero él sabía que nada de lo que ella pudiera decir haría que cambiara de humor.

-¡Me han dado el puesto de jefa de ventas!

Él no dijo nada. La línea chisporroteaba y en aquel momento un vehículo de envergadura dejó una estela de interferencia.

-¿Me has oído? ¡Que me han dado el puesto!

-¿Y ahora qué? –dijo él.

-¿Cómo que ahora qué? ¡Pues ganaré el doble! ¿Es que no te alegras?

-Sí, claro, enhorabuena –dijo él sin demasiado entusiasmo.

Independencia económica había sido otro de sus pactos. Cada uno tenía su propio oficio y beneficio, su cuenta corriente individual y los gastos del piso, etcétera, eran compartidos por los dos al cincuenta por cien.

-Mañana te lo acabo de contar todo –dijo ella –¡estoy que no me lo creo! Un beso, cariño, buenas noches.

Colgó el teléfono. A las once se fue a dormir. Quizá todo aquello del trabajo no era una mentira después de todo. Si él tenía algo claro era que el tiempo se encargaría de sacar la verdad a la luz. Mañana ella estaría en la cama con él y él, como un perro, intentaría husmear en su piel el rastro de otro y ella se reiría y le diría que le hacía cosquillas con la nariz, que se estuviera quieto, que tenía muchas cosas que contarle.

By Cstax, June 3, 2015. All Rights reserved.

CDS. Última entrega. Tengo gusanos verdes mordiéndome el cerebro

Después de trece fantásticas semanas ininterrumpidas produciendo nuestra propia microficción en cien palabras, al servicio de tan creativas frases recomendadas por nosotros mismos finaliza, con esta última entrega, el Proyecto Corazón de Sapo. Agradeciéndole a Ciara Franco nuestra décimo tercera autora designada por una propuesta tan gráfica como Tengo gusanos verdes mordiéndome el cerebro, damos por concluido nuestro trabajo, no sin antes hacer mención de todos y cada uno de los autores involucrados y recordar lo mucho que apreciamos haber contado con su participaciones, cada una tan beneficiosa y estimulante como las otras. Sin más nada qué decir, aprovechamos entonces por última vez en el proyecto, para dedicar como siempre, un poco de tiempo a leer los resultados obtenidos.

He aquí los textos de la semana.
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Tengo gusanos verdes mordiéndome el cerebro | Cristina Calduch

¿Síntomas? Prurito sarnoso en el cuero cabelludo y esputos inyectados de filamentos verdes que bajo el microscopio se comportan con una voracidad inusitada. ¿Cómo se adquiere? Por comer billetes sin lavar. ¿Efectos adversos? Depende de que hemisferio ataquen. Si el derecho, se pierde el raciocinio y el honor. Si el izquierdo, la intuición y la humildad. ¿Porcentaje de ocurrencia? Hasta hoy solo se han dado casos entre mandatarios y VIPs (presidentes de gobierno, de bancos, de comunidades autónomas, de partidos políticos, alcaldes, concejales, yernos de rey). ¿Prognosis? Si no se trata, muerte lenta y dolorosa por estulticia, vergüenza y escarnio. ¿Existe una cura? Sí, de 20 a 30 años en una prisión de alta seguridad.
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Diagnóstico | Ciara Franco

-Señorita lamento comunicarle que los análisis nos muestran una inquietante cantidad de parásitos dentro de su cráneo.
-¿tengo gusanos verdes mordiéndome el cerebro?
-Mucho me temo que sí. Pero no es peligroso si no le controlan todavía.
-Doctor… ¿eso que huelo es una manzana?
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Gusanos | Víctor Mosqueda Allegri

Tengo gusanos verdes mordiéndome el cerebro, gusanos amarillos mordiéndome el corazón, gusanos morados mordiéndome los pulmones, gusanos naranjas mordiéndome huesos y músculos, gusanos rojos mordiéndome el hígado, gusanos azules mordiéndome las vísceras restantes y gusanos negros succionando toda mi sangre. Luego de que se sacien, solo quedará mi piel, arrugada como ropa sucia, y los gusanos se esparcirán por el mundo como pixeles libres de lo que alguna vez fui. Será como apagar un televisor y acostarse a dormir.
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LDI 13# Arañas del Báltico

Deja a la vieja araña tejer sus hilos niña, no seas entrometida. En la calle hace frío y aquí no molesta. ¡Déjala! Puede parecerte gorda y desgarbada pero en su reino de seda ella sigue siendo la más absoluta de las monarcas. No rompas su camino, pues no sólo lo teje para sí. Ese invisible rastro que atraviesa nuestra patria nos recuerda aquello que no podemos olvidar.

¿No sabes qué matar arañas trae mala suerte? ¡Ah, ilusa! Cuánto han cambiado los tiempos desde el Verano Negro… demasiado, veo. Recuerdo bien aquellas jornadas de duda e incertidumbre. Todos esperábamos que llegase el fatídico momento y al final la amenaza llegó, nuestra vieja pesadilla tomó forma: los hijos del Gran Oso. Rojos y chorreando sangre por sus colmillos, armados, con estrellas doradas y haciendo una exhibición de miradas afiliadas, frías y oscuras. Pero el Gran Oso fue derrotado por las Águilas, y después, el caos se cernió sobre nuestras tierras y sólo hubo un sitio dónde esconderse: el bosque.

Fue allí donde nació esta historia, dónde surgió la Hermandad del Bosque, todos éramos Baltvas, hijos del mismo mar. Sin embargo, pocos fueron los que pudieron huir a través de él, ríos de angustia que desembocaban en Klaipėda, Riga o Tallin. Los osos, las águilas… aquello fue terrible y al final, después de cuatro interminables años todo volvió a empezar. El Gran Oso nos volvió a atrapar en su gran abrazo. Pero no todos lo aceptaron y huyeron. Volvimos a huir a la protectora frondosidad, a los peligrosos pantanos. Un lugar que jamás quisimos para nosotros y siempre despreciamos. Y en ese momento, aquel refugio que considerábamos pasajero se convirtió en nuestro hogar.

Muchos, muchos se adentraron en él y allí, las arañas nos enseñaron cómo tejer nuevos caminos para lograr regresar a casa. Primero con la ciega fuerza de las armas, como tantas otras veces habíamos hecho los hombres, sin prestar atención a la paciente sabiduría de la tierra que nos acogía. La irracionalidad del acero pronto se vio superada por nuestros perseguidores, nos capturaban y nos llevaban lejos, lejos de nuestra tierra. Recuerdo aún aquellos silenciosos andenes donde sólo se oían los llantos de las familias camino de un lugar al que nadie quería ir. Otros, tal vez los más afortunados en ese trance, perdían sus vidas. Y mientras tanto, el resto seguíamos en los bosques, aguardando nuestro momento. Esperando a recuperar nuestras vidas.

Tiempo después llegó la paz, una paz traída por los osos. Mudó el color de nuestros ropajes, pero no el de nuestros corazones. Y así, permanecimos durante mucho, mucho tiempo, en silencio mientras escuchábamos mentiras sobre nuestros hermanos y soportábamos la congoja de no saber de nuestros allegados. Tal vez en ese dolor aprendimos a ser pacientes y discretos, como las viejas arañas. La fuerza bruta no había servido y nuestros enérgicos esfuerzos se habían transformado en nuestra debilidad. Aprendimos de nuestras amigas y continuamos con nuestra existencia. Por muy triste que ésta fuera. Todavía existía tiempo para la esperanza.

Y llegó otro verano niña, pero este fue diferente ya que la gente comenzó a cantar, como si fuese Navidad. ¡Cantar! ¡Cantar! ¡Cantar! Miles de personas se reunían en las plazas y abandonando sus madrigueras de hormigón y ladrillo llenaron las calles. Todos cantábamos viejas canciones muertas, letras que pensábamos desaparecidas en la espesura de los fríos bosques, pero no, resurgieron. Se abrieron camino entre las grises nieblas del recuerdo alumbrándonos otra vez.

Los osos no entendían nada, eran demasiado tontos para comprender nuestros susurros de insectos, y nos dejaron hacerlo y lo hicimos. Como esfinges, jugamos a los acertijos con esos bobos y fuimos más allá. ¡Hicimos una cadena! Un gran hilo transparente de esperanza y humanidad que atravesó nuestros países y corazones. Nos dimos las manos como hermanos y nuestra fraternidad no sólo recorrió nuestros pueblos y ciudades, fue visto por todo el mundo con asombro y emoción. Eso ocurrió un mes de agosto, meses después, nuestra paciencia arácnida dio sus frutos.

Y ese invierno, así sin querer, empezamos a recuperar todo, recuperamos nuestros colores y recuperamos los raíles que devolvieron a nuestro pueblo a su destino. No fue cosa de magia, costó meses hacerlo. Las arañas no se distinguen por ser locas en sus actos, dejan que sus presas se cansen antes de envolverlas con su capa mortuoria. Nosotros hicimos lo mismo, sin tocarlos, abrazamos a los osos y les dijimos: “No, no queremos seguir viviendo escondidos y con miedo, somos los hijos de los Hermanos del Bosque y no nos hemos rendido”.

Y así, y a pesar de la terquedad de los osos, recuperamos nuestra independencia, nuestra historia. Recuperamos nuestra vida.

LDI. 12da Entrega. ¡Silencio, se baila!

“¡Silencio, se baila!” ha sido el titular de prensa que nuestro autor designado Likati, propuso para que trabajásemos en nuestra penúltima semana de Proyecto Letra de Imprenta, en la que debíamos escribir un texto de los llamados de interés humano. Agradeciéndole entonces a Likati por tan simpático y ocurrente titular, hacemos silencio y proseguimos a leer todas las estupendas creaciones.

He aquí los texto de la semana.
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The Book Club | Ciara Franco

De los muchos lugares que hay perdidos en los rincones de la nueva tierra, uno de los más llamativos sea tal vez “La biblioteca”. Según cuentan los rumores hay una biblioteca en cada ciudad grande en donde aún hay lectores, pero ya sabemos lo que dicen de los rumores. Solo son ciertos si queremos creer en ellos.
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La esquina de la locura | Likati

No deja de ser curioso, pero cuando se agrupan varios edificios con un mismo fin solemos llamarlo “complejo” y realmente, aquel grupo de edificaciones reunían a la perfección las diferentes aceptaciones que tiene la RAE sobre esta palabra. Y  cada martes a las 15.45 horas, uno no puede dejar de pensar en que la vida, en sus interminables variantes y radiales, no nos hace sencilla la conducción.
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Tarone | Emma Meléndez

Tarone –un apartado pueblo que tiene forma de U– se caracteriza por tener la población más escrupulosa de toda Marsupia. Tanto, que fácilmente se podría considerar que esos niveles de escrupulosidad, practicados en cualquier otra parte de Marsupia o incluso del mundo, rozarían sin mucha dificultad lo delirante.
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Viernes, 13: Ciara anuncia sus propuestas.
Viernes, 20: Es la entrega del último encargo de Letra de Imprenta.

LDI 12# La esquina de la locura

No deja de ser curioso, pero cuando se agrupan varios edificios con un mismo fin solemos llamarlo “complejo” y realmente, aquel grupo de edificaciones reunían a la perfección las diferentes aceptaciones que tiene la RAE sobre esta palabra. Y  cada martes a las 15.45 horas, uno no puede dejar de pensar en que la vida, en sus interminables variantes y radiales, no nos hace sencilla la conducción.

-¿Es usted familiar de la paciente?-

La pregunta era de rigor pero aquella auxiliar me tenía fichado desde hacía tiempo. Todos los martes, desde hacía un par de semanas me observaba de arriba abajo con desdeñosa profesionalidad. Si tan mal estaba la paciente, ¿Por qué me dejaban verla? A veces, entre ataques de furia y golpes de Verónica podía sentir sus ojos vigilantes a través de los ojos de buey de las puertas del área de visitas.

-Ya sabe que no soy familiar de Verónica, sólo soy un amigo-

-¿Un amigo?- el retintín de su pregunta variaba según humor –Un amigo no se tomaría tantas molestias por una loca-  Punto final, mirada altiva y sonrisa edulcorada. “Realmente tú eres la puta desequilibrada”. –Está ahí, dónde siempre, en su función permanente-

Era cierto, Verónica dominaba la escena, se movía con perfecta sincronía con el ruido de la calle y bailaba, en el silencio de su mente, como siempre. A pesar de estar enclavado dentro de un parque y contar con profusa vegetación el psiquiátrico no podía huir de los tentáculos de asfalto que le rodeaba en dos de sus muros, en una de sus esquinas. No deja de ser cómico, todo el mundo llama a esta parte de la ciudad “las esquinas del psiquiátrico”, aunque sólo hay un vértice que merezca ese nombre.

-Verónica-, me acerco  a ella, lentamente, me siento y la observo, como haría cualquier espectador que llega tarde a la función abriendo bien los ojos para capturar al ralentí la magnificencia de su última pose. Realmente es preciosa, en su fragilidad, en su perdido sentido, destila dulzura y, sobre todo, arte, perfección.

-¡¡Shhhhhh, Silencio, se baila!!- Don Manuel, me reprende, como siempre, Don Manuel tiene otros intereses en Verónica sólo hay que ver las manchas de saliva que salpican su batín. Saliva, eso es, saliva. No quiero pensar en otra cosa. No, su locura la hace inocente de cualquier perversión de la mente.  No es nada mía, es cierto, pero me une a ella un eslabón del pasado y romperlo sería renunciar a una parte de mí mismo.

Verónica finaliza su danza y ejecuta una serie de movimientos que le hacen recogerse como una planta carnívora sobre sí misma. Como una flor que espera al rocío para volver a abrir sus pétalos. Don Manuel se mueve intranquilo, como siempre en esta parte de show, la quietud de ella le excita. La auxiliar de psiquiatría observa desde un rincón con ojos traviesos. Al cabo de unos minutos vuelve a ser la paciente zombificada por los medicamentos que se mueve con miradas perdidas que buscan regresar a buen puerto. Se sienta a mi lado, apoya su cabeza en mi hombro y me golpea rítmicamente el pecho con sus frágiles dedos, es ahí cuando comienza a hablarme, o simplemente a cantar. Nunca tiene sentido, pero está tranquila. Vuelve de su catatonia inducida y me sonríe, con la sonrisa que toda madre desea recibir de una hija con su primer vestido largo. Me besa la mejilla y se marcha corriendo. A veces pienso que está enamorada de mí, a veces pienso que es al revés.

-Creo que será mejor que la deje descansar- la auxiliar se acerca a mí, es más atractiva de lo que intenta esconder bajo la ropa de trabajo. Sin embargo, su cara agriada destroza cualquier atisbo de humanidad. Simplemente no la comprendo, al principio se mostró cortés, educada, casi diría simpática. La he visto tratar con más deferencia a otros pacientes y sus acompañantes. Pero con ella es diferente. Parece que la odia.

-Sí, gracias, por favor, cuídenla bien-

-Lo haremos-

Y una vez más, doy por finalizado mi ritual de los martes. Apenas paso con Verónica unos minutos. Simplemente para asegurarme que hace siempre lo mismo, el baile, los ojos ausentes, auscultarme con sus dedos el pecho, dedicarme su franca sonrisa y darme un beso en la mejilla.

El calendario de actuaciones se va repitiendo, los espectadores y los invitados especiales se mantienen en la parrilla. A Don Manuel le han subido el número de pastillas y al menos deja de esconder las manos sospechosamente. La auxiliar me sigue fulminando con la mirada al salir y al entrar. No lo negaré, la conozco lo suficiente para que me mire con disgusto, pero lo que ella o yo pensemos o sintamos es una ridiculez, tras esos muros todo se detiene y todo queda ensombrecido por el distorsionado reinado de don Prozac y míster Diazepan.

No me cruzo con la auxiliar en el control de enfermeras, aunque éstas me miran de arriba abajo con saña, parece que se hayan puesto de acuerdo para colgarme el cartel de apestado. La sorpresa viene cuando entro en la sala y me encuentro a Verónica hablando con la auxiliar. Todo queda paralizado, ahora el catatónico soy yo. La sanitaria me mira, detiene la conversación y se acerca a mí. Antes de dejar a Verónica ensimismada en sus pensamientos le dedica una caricia.

Estoy tenso, no lo negaré, llevo meses viniendo y nunca las había visto hablar, tal vez me he perdido algo, a fin de cuentas sólo puedo escaparme para verla unos minutos una vez a la semana. Oficialmente no debería estar ni ahí. A fin de cuentas no soy médico ni nada por el estilo. Pero esta vez algo me desconcierta sobremanera, la auxiliar me sonríe.

-¿Ocurre algo?- pregunto, más tenso que las cuerdas de un violín.

-Nada, no ocurre nada-, se muestra muy amistosa -sólo un malentendido entre chicas-

Casi quiero suspirar de alivio pero de repente noto que la auxiliar me introduce algo en el bolsillo de mi mono de trabajo. Vuelvo a ponerme en guardia, pero ella no deja de mirarme fijamente, con un inusitado interés. Doy un paso atrás, mi maniobra de evasión  le abre el camino para coger rumbo hacia la salida. Examino el papel con dedos temblorosos. Lo abro y aguanto la respiración.

-Me llamo Marta-, se oye al fondo de la sala. La reverberación de su voz hace que Verónica despierte de su letargo y comienza a ejecutar sus primeros movimientos. Don Manuel abre los ojos con interés aunque sus terminaciones nerviosas ya no sintetizan la lujuria a su ser.

Un teléfono  y un mensaje: “Si me dejas, yo también bailaré para ti”.

Autora designada #13

Y la elegida es… Ciara Franco

¡Qué bueno, qué bueno! Soy la autora designada número 13. ¿Así se habrá sentido Peter Capaldi? (el 13er Doctor de la serie Doctor Who), Me preguntó si estará en la búsqueda de una nueva acompañante para sus viajes tiempo-espacio, a mí me haría mucha ilusión ese puesto.

A lo nuestro.

¡Llegamos a fin de año! Yo ya terminé las clases y ahora pienso en las fiestas, en mi cumple que se acerca y lo que va a pasar en vacaciones. Mucha gente usa este mes para hacer un resumen de lo que pasó en el año y supongo que ustedes andarán en algo parecido.
A mi me llegó el turno de dar las frases para prender sus imaginaciones (ahora solo necesitan una caja).

Todo es posible si tienes IMAGINACION y una caja.

Y estaba pensando que no puede ser casualidad que me toque ser la autora designada número 13 justo, justo el viernes 13. Así que en honor a la fecha elegí para Corazón de Sapo un frase modificada de una canción de Calle 13 y para Letra de Imprenta había buscado algo que tenía relación con la mala suerte, pero después me gustó más algo del día 11/12/13 que fue miercoles. Finalmente encontré un pequeño artículo en un diario de noticias locales que anunciaba una exposición de arte y la frase me gustó demasiado.

En mi cabeza tengo gusanos color verde. Mordiendome las venas del cerebro, por eso soy rebelde.

Corazón de Sapo

  • Frase: Tengo gusanos verdes mordiéndome el cerebro.
  • Fecha de subida: 16-12-2013.

Sonríe que te estoy vigilando!

Letra de Imprenta

  • Titular: “Una exhibición de miradas afiladas
  • Link: Ir a la página.
  • Formato: Cuento de navidad para niños peques y que tenga (al menos) una palabra inventada.
  • Fecha de subida: 20-12-2013.

Eso es todo. Antes de regresar a la TARDIS quiero agradecer a todos ustedes por haberme dejado participar de estos dos proyectos tan lindos. A la gente de Escriturama y a los demás miembros, ¡muchas gracias!

Cariños ♥

Ciara

CDS. 12da Entrega. Vámonos a casa

Vámonos a casa, ha sido la frase que nuestro autor designado Likati propuso para que escribiésemos nuestros microtextos de la décimo segunda semana de Proyecto Corazón de Sapo. Likati nos comentába como dato curioso, que ésta era la frase más repetida en la historia del cine y se nota que la frase es muy cinematográfica porque esta semana han salido textos con escenas muy vívidas, tal y como uno esperaría que fuese el cine o al menos la situación donde se haga necesaria la utilización de una frase tan cotidiana que remite inevitablemente, sin importar la causa, a la huída. Le damos entonces las gracias a Likati por el práctico enunciado y aprovechamos a leer los textos creados esta semana para así descubrir cuál es esa situación de la que nuestros personajes sintieron, esta vez, la imperiosidad necesidad de salir.

He aquí los textos de la semana.
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Vámonos a casa | Víctor Mosqueda Allegri

-Vámonos a casa. Creo que ya tomamos demasiado.
-¿Sabías que esa es la frase más repetida en el cine?
-¿Cuál? ¿Creo que ya bebimos demasiado?
-No. Vámanos a casa.
-¿Vámanos o vámonos?
-Vámonos. Se me enredó la lengua.
-¿Viste que estamos borrachos? Mejor vámonos a casa.
-¿Sabías que esa es la frase más repetida del cine?
-¿Cuál? ¿Viste que estamos borrachos?
-No. La otra.
-¿Cuál otra? ¿Pedimos la otra? Cantinero, otra ronda.
-La otra frase. Vámonos a casa.
-¿Que nos vayamos? Pero si acabamos de pedir la otra ronda.
-Bueno, nos tomamos esta y nos vamos.
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El Almendro | Likati*

Estoy arrodillado frente a ese extraño árbol, del lugar de dónde provengo no hay nada parecido a eso.  Es raquítico y casi negro, con las manchas amarillentas de los líquenes que sobreviven a costa de él. Cuando llegué hasta sus vegas sólo éramos ignorantes y resplandecientes colores, como sus flores blancas y rosáceas. Ahora las nieblas de la muerte han cubierto el paisaje y han mudado su piel y nuestra suerte. Y es ahí dónde has querido quedarte, a los pies de un desconocido. Por este pedazo de tierra decidiste matarte.
Vámonos a casa Phil, la guerra de España ha terminado para nosotros-
(Leer más)

*Carne cruda
Errores cotidianos

Game Over | Cristina Calduch

Vámonos a casa, Sancho. No queda ya ningún entuerto por desfacer y los gigantes vuelven a ser tristes molinos. Ya no hay miedo. Hemos ganado.
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Tsunami | Ciara Franco

La niña no puede parar de llorar. Tiene frío y tiene hambre pero le es suficiente con saber que mamá ha llegado. Corre a abrazarla y le dice “Vamonos a casa”. Ahora es mamá quien no puede parar de llorar.
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Sin título I | Ester Iriarte*

Gira la esquina con rapidez. Se agazapa. Contiene la respiración. Se asoma. Ha tenido suerte esta vez. Otea el panorama. Nadie. Quizás sea buen momento este. Se arriesga asomándose por última vez desde esa posición y corre.
Casi arma un estruendo tremendo. No está solo. Se ha acaba de chocar con otro. Contienen gritos de susto, abriendo mucho los ojos. Saben que no deberían hablar, por lo que aprovechan para mirarse inquisitivamente.
(Leer más)

*Sin título II
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Viernes, 13: Ciara anuncia sus propuestas.
Lunes, 16: Es la entrega del décimo tercer y último encargo de Corazón de Sapo.